lunes, 25 de mayo de 2026

 

  Mi madre no pareció muy satisfecha de que mi padre hubiera descartado en mi caso la "carrera". Creo que, preocupada ante todo por que una regla de vida disciplinara los caprichos de mis nervios, lo que lamentaba no era tanto verme  renunciar a la Diplomacia cuanto que me dedicara a la literatura. " Déjalo ya- exclamó mi padre-, ante todo hay que disfrutar con lo que uno hace. Ya no es un niño. Ahora sabe de sobra lo que le gusta, es poco probable que cambie, y es capaz de darse cuenta de lo que le hará feliz en la vida". Hasta ver  si iba a ser feliz o no en la vida gracias a la libertad que me otorgaban, aquella noche las palabras de mi padre me entristecieron sobremanera. Sus atenciones imprevistas, cuando se producían, siempre me habían dado tantas ganas de besarle por encima de su barba las sonrosadas mejillas que si no me dejaba llevar era solo por miedo a disgustarlo. En ese momento, al igual que a un autor le asusta ver cómo sus propias ensoñaciones, que le parecen sin gran valor porque no las separa de sí mismo, obligan a un editor a elegir un papel, a emplear unos caracteres tal vez demasiado hermosos para ellas, yo me preguntaba si mi deseo de escribir era lo bastante importante para que mi padre, por ese motivo, derrochara tanta bondad. Pero, sobre todo, al hablar de mis aficiones que ya no cambiarían, de cuanto estaba destinado a que mi vida fuera feliz, infundió en mí dos terribles sospechas. La primera era ( aun cuando cada día yo me considerase como en el umbral de mi vida todavía intacta y que no daría comienzo sino a la mañana siguiente) que mi existencia estaba ya empezada, o más aún, que lo que iba a acontecer después no sería muy distinto de aquello que lo había precedido. La segunda sospecha, que a decir verdad no era sino otra forma de la primera, era que yo no estaba situado fuera del Tiempo, sino sometido a sus leyes, exactamente igual que esos personajes de novela que por ello me sumían en tanta tristeza cuando leía su vida, en Combray, hundido en mi sillón de mimbre con capota. En teoría sabemos que la tierra gira, pero en realidad no nos damos cuenta; el suelo sobre el que caminamos parece no moverse y vivimos tranquilos. Así ocurre con el Tiempo a lo largo de la vida. Y para que su huida resulte sensible a los novelistas no les queda más remedio que obligar al lector, acelerando hasta lo indecible el avance del segundero, a recorrer diez, veinte, treinta años, en dos minutos. Al inicio de una pagina hemos dejado a un amante lleno de esperanza; al final de la siguiente nos lo encontramos octogenario, dando dificultosamente por el patio de un asilo su paseo diario, desmemoriado y sin contestar a las palabras que se le dirigen. Al decir de mí: " Ya no es un niño, sus aficiones ya no van a cambiar, etcétera", mi padre acababa de forma repentina de mostrarme a mí  mismo inserto en el Tiempo, y me causaba el mismo tipo de tristeza que si yo hubiera sido, aún no el asilado senil, pero sí esos protagonistas de los que el autor, en un tono indiferente que resulta particularmente cruel, nos dice al final de un libro: " Cada vez pasa más tiempo en el campo. Ha acabado por  establecerse allí, etcétera".

Marcel Proust

En busca del tiempo perdido.

II A la sombra de las muchachas en flor.


         El padrino 1990

        La escena final del baile con su hija, y su mujer es inolvidable.



                                               La edad de la inocencia 1993

                                              " Para mí todo es más real aquí que si subiera"




jueves, 21 de mayo de 2026

Las grietas de las cosas


PORCIÓN HABITABLE DE LA TIERRA

Creo que era san Jerónimo quien decía que hay tantos misterios como palabras. Supongo que se refería a que nada que no pueda ser dicho, incluso si solo dicho a medias, puede realmente constituir un misterio, dado que el misterio solo se nos revela en las grietas de las cosas, en los espacios entre el entendimiento y lo imposible de entender, entre un significado y el siguiente: nunca en las palabras mismas, sino en lo que ocurre entre palabra y palabra.

Valeria Luiselli. Principio, medio, fin


* ¿Cómo interpretar esas pequeñas grietas?. ¿ Cuándo aparecen? ¿ Son necesarias?  ¿ Podemos vivir sin ellas?. Son muchas preguntas. Es mejor no pensar demasiado.  





sábado, 16 de mayo de 2026

  


 Quiero imaginar, mientras nadamos juntas, que le estoy enseñando un saber futuro.  Que nadar juntas es por ahora solo un conocimiento práctico, una habilidad mecánica, pero cuyas capas más profundas, más emotivas, con el tiempo emergerán para ayudarla en momentos más difíciles de su vida adulta, de la misma manera en que nos podemos aprender un poema de memoria en la adolescencia sin realmente entenderlo, " sus huesos son coral, ahora perlas son sus ojos", pero no estaremos listos para entenderlo de verdad hasta muchos años después, cuando llegue esa noche quieta inevitable de nuestro padre, tomándolo de la mano en una cama de hospital, y vuelvan esas líneas memorizadas a hacernos compañía.

 Tal vez un día, en sus treintas o cuarentas, si está en un momento de su vida en el que le esté costando volver a entender quién es y qué quiere y dónde está parada, podrá sumergirse bajo el agua, empujar con todas sus fuerzas contra la pared, y dejar que la flecha de su cuerpo se propulse hacia una versión más fuerte, más firme, más libre de ella misma.

Pero hoy, después de nadar, mientras nos bañamos en las regaderas compartidas, me dice algo que me hace repensar esta narrativa tal lineal de los conocimientos que le puede legar una madre a una hija. Me dice:

  Creo que ya sé por qué te gusta venir a las albercas, Ma.

  ¿Por qué?

  No solo porque te ayuda cuando estás triste.

  ¿ Ah, no? ¿ Por qué más?

  Te bajó la regla por primera vez en una alberca, ¿no?

  ¿ Te conté eso?

  Sí.

  Pues sí, es verdad, me bajó a los catorce años durante una carrera de relevos en la alberca.

  Pues por eso te gusta venir a nadar. Porque dejaste de ser niña adentro de una alberca.

  No sé si tenga razón o no con esta teoría. Pero lo que me queda claro es que las madres pensamos demasiado teleológicamente. Pensamos que lo que le  damos a nuestra hijas es algo así como una estafeta en una carrera de relevos. Les pasamos lo que tenemos para que ellas continúen su camino solas, pero con más herramientas, y tal vez gracias a eso puedan tener mejores vidas, tomar mejores decisiones. Nos deslizamos con ellas bajo el agua, deslizamos el dedo índice bajo la línea de una frase leída en voz alta, les enseñamos los ritmos, las respiraciones, las palabras, las técnicas, para que luego sigan escribiendo su vida ellas mismas. Pero rara vez consideramos el proceso inverso. Mientras pensamos que les estamos enseñando a leer y escribir el mundo, nuestras hijas nos están siempre, también, leyendo y reescribiendo a nosotras.


Valeria Luiselli. Principio, medio, fin







domingo, 10 de mayo de 2026

 



  Pero todos los sentimientos que nos provoca la alegría o el infortunio de un personaje real no se producen en nosotros sino por mediación de una imagen de esa alegría o ese infortunio, la genialidad del primer novelista consistió en entender que en el aparato de nuestras emociones, al ser la imagen el único elemento esencial, la simplificación que consistiera en suprimir lisa y llanamente los personajes reales sería un perfeccionamiento decisivo. Un ser real, por muy hondamente que simpaticemos con él, es percibido en gran medida por nuestros sentidos, por lo que nos resulta opaco, ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no puede levantar. Si le sucede una desgracia, nuestra aflicción solo se ciñe a una pequeña parte de la noción total que tenemos de él; y es más: solo en una parte de la noción que tiene de sí mismo podrá afligirse él. El hallazgo del novelista fue que se le ocurriera sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad igual de partes inmateriales; es decir, de las que nuestra alma se puede apropiar. Ya qué más da que las acciones, que las emociones de esos seres de una nueva especie resulten de verdad, puesto que las hemos hecho nuestras, que es en nosotros donde se producen, donde se adueñan, mientras pasamos febrilmente las páginas del libro, de la rapidez de nuestra respiración y la intensidad de nuestra mirada. Y una vez que el novelista nos ha puesto en ese estado, en el que, como en todos los estados puramente interiores, toda emoción se centuplica , en el que su libro nos va a turbar como lo haría un sueño, aunque más claro que los que tenemos durmiendo y cuyo recuerdo durará más, desencadena entonces en nosotros durante una hora todas las venturas y desventuras que en la vida tardaríamos años en conocer, y aun así no todas, como las más intensas, que jamás nos serían reveladas, porque la lentitud con que se producen nos priva de su percepción ( así nuestro corazón cambia a lo largo de la vida, y es el peor dolor, pero no lo conocemos más que en la lectura y la imaginación; en la realidad cambia como cambian ciertos fenómenos de la naturaleza: lo bastante despacio para que, aun pudiendo constatar sucesivamente cada uno de sus distintos estados, la sensación misma del cambio nos sea por el contrario escamoteada).

Marcel Proust

En busca del tiempo perdido.

I .Por el camino de Swann


                                                      El ladrón de orquídeas 2002



martes, 5 de mayo de 2026

¡Me pregunto qué contarán de mí cuando ya no esté!

 




                                                                       l

 Olga y yo habíamos hablado de la muerte en más de una ocasión. Es decir , de la mía, ella era mucho más joven. Yo afirmaba que había comenzado  a prepararme  para afrontar al final. Ella quería saber qué era lo que hacía, y se lo conté. Lo primero que hacía todas la mañanas al despertar era plantearme esa pregunta directa: " Si este resulta ser el último día de tu vida, ¿ crees que has tenido tiempo de hacer todo lo que querías?".

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" Ya nadie escribe para la eternidad. ¡ Por la sencilla razón de que la eternidad ya no existe!"

Era una idea vertiginosa. ¿ Cuándo desapareció la eternidad?

Para ella el problema no era metafísico.

Dostoyevski tenía un lector, Dios. Nietzsche no tenía ni siquiera a Dios, sólo a sí mismo. Está claro que escribían para la eternidad, la eternidad era lo que tenían. No se hicieron muy mayores. Nosotros en cambio vivimos cada vez más, pero nuestras vidas resultan más cortas.

 Olga me consoló.

- Nadie puede vivir fuera de su tiempo- dijo.

-"¿Cuál es nuestro tiempo? - pregunté.

- Es la antesala de la barbarie. Todos los criterios desaparecen en aras de uno solo: cuánto vende un producto. El éxito es la prueba de que es bueno. Afecta a todo, pero en distinto grado. El arte y la literatura son el dominio de los valores difusos, pero ahora tenemos por fin un criterio indiscutible: la capacidad de venderse. Nadie diría que un Volkswagen es mejor coche que un Rolls Royce porque se vendan más modelos. Pero en lo que se refiere a la literatura sí se puede decir, y de hecho se dice, y todo el mundo participa de esa fiesta bárbara, tanto las secciones de cultura de los periódicos como los editores y el público.

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 Describir a una persona puede parecer como intentar vestir a un niño de dos años que se resiste.

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Uno no debe ponerse a amueblar la nostalgia, porque entonces corre el riesgo de acomodarse en ella. La rosa silvestre no ha de crecer en una maceta en el alféizar de la ventana. Ha de crecer alta y poderosa en el seno del corazón y no ha de tener agua ni solución nutritiva. Ha de tener sangre.

                                                                             V

 ¿ Qué abusos no cometemos cuando intentamos comprender a otro ser humano, sobre todo cuando lo queremos? ¿ Qué soberbia la de atribuir a la gente ciertos pensamientos y no otros?

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 ! Me pregunto qué contarán de mí cuando ya no esté !

 Me imagino que todos nos hacemos esa pregunta. Sobre todo si eres padre. Te preguntas qué es lo que recordarán tus hijos de ti. Yo también. Llegué incluso a intentar dirigir los recuerdos de mis hijos sobre mí, de tal forma que hacía ciertas cosas o decías ciertas cosas con el objetivo de que las recordaran.

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¿ Cómo se prepara uno para la muerte? ¿ Cómo puede uno seguir viviendo como siempre al mismo tiempo que está pendiente de lo inevitable? 

  Fueron ese tipo de preguntas las que una vez me impulsaron a estudiar filosofía. Resultaba muy instructivo ver que, cuanto más se acervaba uno a la forma de pensar moderno, más claro quedaba que esas cuestiones ya no se consideraban dignas de debate.

 La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, conceptos y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy  por mercado al mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto.

 Seguro que era liberador declarar nulas las antiguas cuestiones filosóficas. Eso no implicaba, sin embargo, que uno se librara de ellas. Lo podía ver en mí mismo. Creía que había neutralizado la cuestión del sentido de la vida.

 ¿Cómo?

 No desechándola sino defendiendo que uno nace en un sentido de la vida del mismo modo que un pez sale del huevo en el mar. Que es una dimensión de la sociedad en la que vive.

 Cada sociedad se organiza en torno a un concepto de la vida y cuando te mudas de una sociedad a otra, también te mudas de un sentido a otro. Te ves obligado a escoger, puesto que no puedes vivir tu vida como una coma entre dos oraciones.

  ¿ A qué nos referimos cuando nos planteamos la pregunta sobre el sentido de la vida?

Existen varias respuestas. Uno puede plantearse si hay un propósito general, que es lo que piensa la mayoría de los creyentes. En ese caso, el sentido de la vida es el propósito que tenga con ella  una divinidad.

 Yo no soy creyente. Eso no impide que pueda actuar como tal. Por  ejemplo, se podría sustituir a Dios por la Naturaleza.

 Pero no creo que la Naturaleza abrigue ningún propósito.

 Creo que se nace por una casualidad y se muere por otra. Con lo que por mi parte no hay ningún propósito externo. Eso no impide que yo no me busque uno interno. Que yo administre mi vida de modo que exprese el propósito que tenga con ella.

 Tal vez se pueda buscar el sentido de la vida al revés. Es decir, responder a la pregunta de por qué pasó lo que pasó. Sorprende lo fácil que es encontrar con el tiempo circunstancias  y conexiones entre sucesos que en un principio considerábamos independientes por completo.

 Incluso puedo imaginarme que al final encontraremos un sentido en todo esto.

 Es sin duda una construcción débil, pero resulta consoladora. Lo único que hay que hacer es vivir como uno desee y cuando ya no esté por la labor de continuar, puede sentarse y "leer" el sentido de la vida en el mosaico que ha formado su propia historia.

 " ¿ Cuál habría sido la alternativa para Olga? *


Theodor Kallifatides. Una mujer a quien amar.

* ¿Cuál sería tu alternativa?





jueves, 15 de enero de 2026

 

                                     

                                       EL OTOÑO DE LAS ROSAS


  Vives ya en la estación del tiempo rezagado:

lo has llamado el otoño de las rosas.

Aspíralas y enciéndete. Y escucha,

cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.


Francisco Brines


Vivir es bello a veces

¿ Y qué sentido tiene haber llegado?

lunes, 29 de diciembre de 2025



  Diez mil veces se partió mi corazón dentro de mí. No puedo contar los sollozos que me emocionaron, los dolores que consumieron mi corazón.

  Y si embargo, también vi otras cosas  que me llenaron los ojos de lágrimas y me agitaron como una hoja olvidada. Vi hombres y mujeres que entregaban su vida, sus esperanzas, todo, por los demás. Vi actos de una entrega tan grande que me hicieron llorar lágrimas de alegría. Estas cosas, pensé, son hermosas, aunque no sean capaces de redimir. Son rayos puros del sol incidiendo sobre el gran monte de estiércol del mundo.

                                                         Charles- Robert Anon*

* Charles-Robert Anon: Uno de los seudónimos de Pessoa

** ¿ Qué es la vida?