lunes, 28 de septiembre de 2026

 



Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación durante largos años. Si dicha actuación está despojada de todo egoísmo, si la idea que la rige es de una generosidad sin par, si es absolutamente cierto que no ha buscado ninguna recompensa y  que, además, ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos hallamos, sin duda alguna, ante un carácter inolvidable.


  Cuando pienso que un solo hombre, reducido a sus simples recursos físicos y morales, fue capaz de hacer surgir del desierto este país de Canaán, siento que, pese a todo, la condición humana es admirable. Pero cuando llevo la cuenta de toda la constancia en la grandeza de alma y de todo el empeño en la generosidad que han sido necesarios para obtener este resultado, me invade un inmenso respeto por ese viejo campesino iletrado que supo completar una obra digna de Dios.


Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947, en el hospicio de Banon.


El hombre que plantaba árboles

Jean Giono

* No pensaba publicar esta entrada, me parecía que no tenía mucho que decir. Estaba equivocado. Espero que os pase lo mismo a vosotros cuando leáis este pequeño texto. 

martes, 25 de agosto de 2026

 

                                                                  LAS NUBES


Con la descripción de las nubes

debería darme mucha prisa,

en una milésima de segundo

dejan de ser esas y empiezan a ser otras.


Es propio de ellas

no repetirse nunca

en formas, matices, posturas y orden.


Sin la carga de ningún  recuerdo

se elevan sin esfuerzo sobre los hechos.


¡ De qué van a ser ellas testigos!,

en un segundo se disipan en todas direcciones.


Comparada con las nubes,

la vida parece tener los pies sobre la tierra,

se diría que es inmutable y prácticamente eterna.


Al lado de las nubes,

hasta una piedra parece un hermano

en el que se puede confiar,

y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.


Que exista la gente si quiere,

y después que se mueran uno tras otro,

a ellas, a las nubes,

les trae sin cuidado

todo eso tan extraño.

Sobre toda Tu vida

y, aún incompleta, también la mía,

 discurren pomposas igual que discurrían-


No tienen la obligación de morir con nosotros.

No necesitan ser vistas para poder pasar.


Wislawa Szymborska



                                                       Cumbres borrascosas 1939







viernes, 21 de agosto de 2026

 


A ALGUNOS LES GUSTA LA POESÍA


A algunos, 

es decir, no a todos.

Ni siquiera a los más, sino a los menos. 

Sin contar las escuelas, donde es obligatorio,

y a los mismos poetas,

igual serán dos de cada mil personas.


Les gusta,

pero también gusta la sopa de fideos,

gustan los cumplidos y el color azul,

gusta va vieja bufanda,

gusta salirse con la suya,

gusta acariciar al perro.


La poesía,

pero qué es la poesía.

más de una insegura respuesta 

se ha dado a esta pregunta.

Y yo no sé, y sigo sin saber, y a eso me aferro

como a un oportuno pasamanos.



EL VIEJO CATEDRÁTICO


Le pregunté sobre aquellos tiempos

en qué éramos aún tan jóvenes,

ingenuos, impulsivos, tontos, inexpertos.


Algo de eso queda, excepto la juventud

_ respondió.

Le pregunté si todavía sabía a ciencia cierta

lo que era bueno y malo para el hombre.

La más mortífera ilusión posible

_respondió.


Le pregunté por el futuro, 

si lo seguía viendo claro.

He leído demasiados libros de historia

_respondió.


Le pregunté por la fotografía, 

la del marco, sobre el escritorio.

Estaban, ya no están. Mi hermano, mi primo, mi

 cuñada,

mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa,

el gato en los brazos de mi hijita,

y un cerezo en flor, y sobre el cerezo,

un pájaro volador no identificado

_respondió.


Le pregunté si a veces era feliz.

trabajo

_respondió.


Le pregunté por sus amigos, si todavía tenía.

Algunos de mis antiguos ayudantes, 

que también tienen ya antiguos ayudantes,

la señora Ludmila, que manda en casa,

alguien muy cercano, pero en el extranjero,

dos señoras de la biblioteca, las dos sonrientes,

el pequeño Grzes de enfrente y Marco Aurelio

_respondió.


Le pregunté por la salud y por su estado de ánimo.

Me han prohibido el café, el vodka, los cigarrillos,

cargar recuerdos y objetos pesados.

tengo que fingir que no oigo lo que me dicen

_respondió.




Le pregunté por el jardín y el banco en el jardín.

Cuando las noche es serena observo el cielo.

No deja de asombrarme

cuantos puntos de vista hay ahí

_ respondió.


Wislawa Szymborska


                                                                          2016


                                              El cartero  y Pablo Neruda  1994 


martes, 18 de agosto de 2026

 

  ¿ Ha traído el viento de nuevo la lluvia a la ciudad, oscureciendo la habitación de pronto? No. El ambiente, de una claridad plateada, está en calma, como rara vez en estos días de verano, pero ya es tarde y no nos hemos dado cuenta. Solo los tragaluces de enfrente sonríen aún con un suave fulgor y sobre la cumbrera el cielo está ya rodeado de una neblina dorada. En una hora será de noche. En una hora maravillosa, pues nada es más hermoso de ver que estos colores, que poco a poco se marchitan y ensombrecen, y después, en la habitación, la oscuridad brotará del suelo hasta que su marea engulla las paredes y nos arrastre al reino de las sombras. Cuando nos sentemos entonces uno frente al otro y nos miremos sin cruzar palabra, nos parecerá que en las sombras el rostro familiar se vuelve más viejo y extraño y lejano, como si no lo conociéramos de nada y lo viéramos desde una distancia remota y a través de muchos años. Pero ahora no quieres silencio, dices, porque en silencio oyes angustiado cómo el reloj machaca el tiempo y lo reduce a cientos de astillas y cómo la respiración se vuelve sonora como la de un enfermo. Quieres que te cuente algo. Con mucho gusto. No será de mí, sin embargo, pues nuestra vida en estas ciudades infinitas es ciertamente pobre en vivencias, o al menos eso nos parece, porque aún no sabemos lo que nos pertenece en verdad. Pero quiero contarte una historia para esta hora que, en realidad, solo ama el silencio, y me gustaría que tuviese algo de esta luz cálida, suave y abundante del crepúsculo que flota como un velo frente a nuestras ventanas.

 No recuerdo cómo ha llegado a mí esta historia. He estado sentado aquí, de eso sí me acuerdo, desde primera hora de la tarde, leyendo un libro, y después lo he dejado caer, abismado de pronto en ensoñaciones, quizá incluso en un sueño ligero. De pronto he visto aquí personajes, se deslizaban por toda la pared y podía oír sus palabras y ver su vida. Pero cuando he querido seguir su huida con la mirada, me he hallado de nuevo despierto y solo. A mis pies estaba el libro. Lo he recogido y le he preguntado por los personajes, pero ya no he encontrado su historia dentro; era como si se hubiese caído de las páginas a mis manos, o como si nunca hubiera estado allí. Tal vez la haya soñado, o leído en una de las coloridas nubes que han llegado hoy a nuestra ciudad desde tierras lejanas trayendo la lluvia que nos ha afligido tanto rato. ¿O la he escuchado en una de esas viejas y cándidas canciones que un organillo matraquea melancólicamente bajo mi ventana? ¿ Quizás me la contó alguien hace años? No lo sé. Historias así me llegan a menudo, y yo las dejo correr con ánimo juguetón entre los dedos, dejando que se vayan, como se acarician al pasar, sin recolectarlas, las espigas y las flores de tallo largo. Sueño estas historias desde una súbita imagen de colores hasta un final esbozado, pero no las retengo. Sin embargo, ahora quieres de mí una historia, y te la contaré en esta hora en que el crepúsculo nos despierta el anhelo de ver brillar algo colorido y con vida ante nuestros ojos que languidecen en la grisura.

  ¿ Por dónde empiezo? Siento que primero debo extraer de las sombras una imagen y un personaje, pues así empiezan en mí esos extraños sueños. Ya lo recuerdo. Veo a un chico esbelto que baja por la ancha escalera de un castillo. Es de noche, una noche con una débil luz de luna, pero yo veo todo el contorno de su cuerpo ágil y cada uno de sus rasgos como si se reflejaran en un espejo iluminado. Su belleza es extraordinaria. El pelo negro, peinado como el de un niño, cae liso sobre la frente un poco demasiado elevada, y las manos, que estira hacia adelante en la oscuridad para sentir el calor del aire calentado por el sol, son muy delicadas y nobles. Duda un momento. Baja abstraído hacia el gran jardín rumoroso y con muchos árboles redondeados, que una única y ancha avenida atraviesa como un puentecillo blanco.

 No sé cuándo pasó todo esto, si fue ayer o hace cincuenta años y tampoco sé dónde ocurrió...



  Historia en el crepúsculo.

Cuentos completos. Stefan Zweig




                                              Carta de una desconocida 1948


viernes, 12 de junio de 2026


 Cualquier historia, hasta que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del lenguaje, cuando se reviste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte tanto del ámbito de lo real como del de la ficción.

 ¿ De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? ¿ De aquel que se ha ido o de nosotros? ¿ De la ausencia misma? Está tan ausente que llena cada minuto  libre con su ausencia.

  Su presencia hasta ahora certificada también mi propia presencia, la presencia de mi niñez. A su vez, su ausencia pone en marcha toda la maquinaria de la memoria. Cosas en las que no había pensado en mucho tiempo se despiertan ahora, yo las despierto, para estar seguro de que todo aquello fue real. La memoria voluntaria y la involuntaria trabajan juntas, hacen girar el ruginoso mecanismo del recuerdo, desempolvan  o rellenan con imaginación aquello que no se ve con claridad. Y hay que reconocer que este es un trabajo centrado tanto en la memoria del que se ha ido como en nosotros mismos, de dar sentido al hecho de que seguimos aquí cuando el otro ya se ha ido.

 ¿ Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?

¿ De qué hablamos cuando hablamos de la muerte: De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad.

  Las personas soñadas son más que nosotros/ Pero no ocupan lugar..., escribe Tomas Trastromer en un poema titulado " Seminario de sueños".

 Los muertos también son más que nosotros, pienso mientras leo estas líneas. Y a pesar de que no ocupan, pueblan otras habitaciones, atraviesan otras puertas invisibles en el tiempo donde nos cruzamos en un instante. Habitaciones de ayer, como decía Gautín, las habitaciones de las tardes, con la luz mortecina y una mariposa muerta en el cenicero de la mesa. Hay que pisar con cuidado allí, decía siempre él, para no levantar polvo, y hay que cerrar bien la puerta para que no se mezclen los tiempos.

      Y no toques el reloj, va con la hora de otro tiempo...


 El duelo en realidad es egocéntrico, duelo por uno mismo en un mundo abandonado. Cómo viviré yo...Pero esta es solo una parte de la historia, solo una de las caras de la despedida.

Mientras tanto, él también  se despedía de nosotros.

Y su despedida fue sin duda más dramática que la nuestra. ¿ Podemos asomarnos a sus últimos pensamientos y soportar ( por un instante) lo que  contienen?

¿ Cómo viviré ( no, la palabra ya es distinta), cómo moriré, cómo muertearé toda la eternidad sin vosotros?

¿ Cómo muertearé ( o estaré muerteando) sin todo lo que fue y, peor aún, sin todo lo que llegará...?


Así debe de ser la tristeza de los  moribundos.

  Tristeza que se alimenta no solo del pasado, sino del futuro, sobre todo del futuro.

 Si fuera solo  del pasado, sería fácil: según todas las leyes de la perspectiva, cuanto más nos alejáramos en los días, más pequeña parecería la tristeza.

 Pero la tristeza ya ha puesto sus huevos en los días venideros y nos saluda con la mano desde allí.

Tristeza por la llegada de la  primavera, cuando brotará de nuevo todo lo que plantó, pero él no podrá verlo.

 Tristeza por el hecho de que sus nietos crecerán hasta ser tan altos como él, pero él no estará con ellos.

 Un día llegarán los bisnietos que esperaba, pero ellos no lo recordarán y él no saltará a la comba delante de ellos para hacerlos reír

 Tristeza por  el cerezo que plantó dos o tres años atrás y que ahora dará su primera cosecha.

 Es en el futuro donde el árbol de la tristeza florecerá, dará fruto y echará más y más ramas.

  La muerte es un cerezo que madura sin ti.

Mi padre se ha ido. No sé que hacer.

 No sé qué hacer con los veranos, que siempre asocio con él y con mi madre, con la casa y con el jardín, no sé que hacer con todos esos recuerdos que van saltando, no sé qué hacer con el pasado ni con los días que vienen.

 No sé  qué con todas las preguntas que irán apareciendo en el futuro.

 No sé qué hacer con las historias por las que no le pregunté y se quedaron sin contar.

 No sé qué hacer con esto que estoy escribiendo, que se supone que es sobre él, pero también sobre mí y sobre todos los padres cuyos pasos seguimos para alcanzarlos.

 No sé qué hacer en su cumpleaños, si seguimos celebrando ese día póstumamente o si una una nueva fecha, la fecha de su muerte, ha venido para aniquilar la del nacimiento.

 No sé qué hacer en Semana Santa y en Navidad, en todas las fiestas venideras y en todas las tardes por venir.


Gueorgui Gospodínov. El jardinero y la muerte.



                                                                     Aftersun 2022

   

                                                                            2020

¿ Por qué nadie nos enseña qué hacer con la muerte de los otros?

¿ Por qué nadie nos enseña cómo se muere, cómo debemos morir?


lunes, 25 de mayo de 2026

 

  Mi madre no pareció muy satisfecha de que mi padre hubiera descartado en mi caso la "carrera". Creo que, preocupada ante todo por que una regla de vida disciplinara los caprichos de mis nervios, lo que lamentaba no era tanto verme  renunciar a la Diplomacia cuanto que me dedicara a la literatura. " Déjalo ya- exclamó mi padre-, ante todo hay que disfrutar con lo que uno hace. Ya no es un niño. Ahora sabe de sobra lo que le gusta, es poco probable que cambie, y es capaz de darse cuenta de lo que le hará feliz en la vida". Hasta ver  si iba a ser feliz o no en la vida gracias a la libertad que me otorgaban, aquella noche las palabras de mi padre me entristecieron sobremanera. Sus atenciones imprevistas, cuando se producían, siempre me habían dado tantas ganas de besarle por encima de su barba las sonrosadas mejillas que si no me dejaba llevar era solo por miedo a disgustarlo. En ese momento, al igual que a un autor le asusta ver cómo sus propias ensoñaciones, que le parecen sin gran valor porque no las separa de sí mismo, obligan a un editor a elegir un papel, a emplear unos caracteres tal vez demasiado hermosos para ellas, yo me preguntaba si mi deseo de escribir era lo bastante importante para que mi padre, por ese motivo, derrochara tanta bondad. Pero, sobre todo, al hablar de mis aficiones que ya no cambiarían, de cuanto estaba destinado a que mi vida fuera feliz, infundió en mí dos terribles sospechas. La primera era ( aun cuando cada día yo me considerase como en el umbral de mi vida todavía intacta y que no daría comienzo sino a la mañana siguiente) que mi existencia estaba ya empezada, o más aún, que lo que iba a acontecer después no sería muy distinto de aquello que lo había precedido. La segunda sospecha, que a decir verdad no era sino otra forma de la primera, era que yo no estaba situado fuera del Tiempo, sino sometido a sus leyes, exactamente igual que esos personajes de novela que por ello me sumían en tanta tristeza cuando leía su vida, en Combray, hundido en mi sillón de mimbre con capota. En teoría sabemos que la tierra gira, pero en realidad no nos damos cuenta; el suelo sobre el que caminamos parece no moverse y vivimos tranquilos. Así ocurre con el Tiempo a lo largo de la vida. Y para que su huida resulte sensible a los novelistas no les queda más remedio que obligar al lector, acelerando hasta lo indecible el avance del segundero, a recorrer diez, veinte, treinta años, en dos minutos. Al inicio de una pagina hemos dejado a un amante lleno de esperanza; al final de la siguiente nos lo encontramos octogenario, dando dificultosamente por el patio de un asilo su paseo diario, desmemoriado y sin contestar a las palabras que se le dirigen. Al decir de mí: " Ya no es un niño, sus aficiones ya no van a cambiar, etcétera", mi padre acababa de forma repentina de mostrarme a mí  mismo inserto en el Tiempo, y me causaba el mismo tipo de tristeza que si yo hubiera sido, aún no el asilado senil, pero sí esos protagonistas de los que el autor, en un tono indiferente que resulta particularmente cruel, nos dice al final de un libro: " Cada vez pasa más tiempo en el campo. Ha acabado por  establecerse allí, etcétera".

Marcel Proust

En busca del tiempo perdido.

II A la sombra de las muchachas en flor.


         El padrino 1990

        La escena final del baile con su hija, y su mujer es inolvidable.



                                               La edad de la inocencia 1993

                                              " Para mí todo es más real aquí que si subiera"




jueves, 21 de mayo de 2026

Las grietas de las cosas


PORCIÓN HABITABLE DE LA TIERRA

Creo que era san Jerónimo quien decía que hay tantos misterios como palabras. Supongo que se refería a que nada que no pueda ser dicho, incluso si solo dicho a medias, puede realmente constituir un misterio, dado que el misterio solo se nos revela en las grietas de las cosas, en los espacios entre el entendimiento y lo imposible de entender, entre un significado y el siguiente: nunca en las palabras mismas, sino en lo que ocurre entre palabra y palabra.

Valeria Luiselli. Principio, medio, fin


* ¿Cómo interpretar esas pequeñas grietas?. ¿ Cuándo aparecen? ¿ Son necesarias?  ¿ Podemos vivir sin ellas?. Son muchas preguntas. Es mejor no pensar demasiado.