Mi madre no pareció muy satisfecha de que mi padre hubiera descartado en mi caso la "carrera". Creo que, preocupada ante todo por que una regla de vida disciplinara los caprichos de mis nervios, lo que lamentaba no era tanto verme renunciar a la Diplomacia cuanto que me dedicara a la literatura. " Déjalo ya- exclamó mi padre-, ante todo hay que disfrutar con lo que uno hace. Ya no es un niño. Ahora sabe de sobra lo que le gusta, es poco probable que cambie, y es capaz de darse cuenta de lo que le hará feliz en la vida". Hasta ver si iba a ser feliz o no en la vida gracias a la libertad que me otorgaban, aquella noche las palabras de mi padre me entristecieron sobremanera. Sus atenciones imprevistas, cuando se producían, siempre me habían dado tantas ganas de besarle por encima de su barba las sonrosadas mejillas que si no me dejaba llevar era solo por miedo a disgustarlo. En ese momento, al igual que a un autor le asusta ver cómo sus propias ensoñaciones, que le parecen sin gran valor porque no las separa de sí mismo, obligan a un editor a elegir un papel, a emplear unos caracteres tal vez demasiado hermosos para ellas, yo me preguntaba si mi deseo de escribir era lo bastante importante para que mi padre, por ese motivo, derrochara tanta bondad. Pero, sobre todo, al hablar de mis aficiones que ya no cambiarían, de cuanto estaba destinado a que mi vida fuera feliz, infundió en mí dos terribles sospechas. La primera era ( aun cuando cada día yo me considerase como en el umbral de mi vida todavía intacta y que no daría comienzo sino a la mañana siguiente) que mi existencia estaba ya empezada, o más aún, que lo que iba a acontecer después no sería muy distinto de aquello que lo había precedido. La segunda sospecha, que a decir verdad no era sino otra forma de la primera, era que yo no estaba situado fuera del Tiempo, sino sometido a sus leyes, exactamente igual que esos personajes de novela que por ello me sumían en tanta tristeza cuando leía su vida, en Combray, hundido en mi sillón de mimbre con capota. En teoría sabemos que la tierra gira, pero en realidad no nos damos cuenta; el suelo sobre el que caminamos parece no moverse y vivimos tranquilos. Así ocurre con el Tiempo a lo largo de la vida. Y para que su huida resulte sensible a los novelistas no les queda más remedio que obligar al lector, acelerando hasta lo indecible el avance del segundero, a recorrer diez, veinte, treinta años, en dos minutos. Al inicio de una pagina hemos dejado a un amante lleno de esperanza; al final de la siguiente nos lo encontramos octogenario, dando dificultosamente por el patio de un asilo su paseo diario, desmemoriado y sin contestar a las palabras que se le dirigen. Al decir de mí: " Ya no es un niño, sus aficiones ya no van a cambiar, etcétera", mi padre acababa de forma repentina de mostrarme a mí mismo inserto en el Tiempo, y me causaba el mismo tipo de tristeza que si yo hubiera sido, aún no el asilado senil, pero sí esos protagonistas de los que el autor, en un tono indiferente que resulta particularmente cruel, nos dice al final de un libro: " Cada vez pasa más tiempo en el campo. Ha acabado por establecerse allí, etcétera".
Marcel Proust
En busca del tiempo perdido.
II A la sombra de las muchachas en flor.
El padrino 1990
La escena final del baile con su hija, y su mujer es inolvidable.
La edad de la inocencia 1993