sábado, 16 de mayo de 2026

  


 Quiero imaginar, mientras nadamos juntas, que le estoy enseñando un saber futuro.  Que nadar juntas es por ahora solo un conocimiento práctico, una habilidad mecánica, pero cuyas capas más profundas, más emotivas, con el tiempo emergerán para ayudarla en momentos más difíciles de su vida adulta, de la misma manera en que nos podemos aprender un poema de memoria en la adolescencia sin realmente entenderlo, " sus huesos son coral, ahora perlas son sus ojos", pero no estaremos listos para entenderlo de verdad hasta muchos años después, cuando llegue esa noche quieta inevitable de nuestro padre, tomándolo de la mano en una cama de hospital, y vuelvan esas líneas memorizadas a hacernos compañía.

 Tal vez un día, en sus treintas o cuarentas, si está en un momento de su vida en el que le esté costando volver a entender quién es y qué quiere y dónde está parada, podrá sumergirse bajo el agua, empujar con todas sus fuerzas contra la pared, y dejar que la flecha de su cuerpo se propulse hacia una versión más fuerte, más firme, más libre de ella misma.

Pero hoy, después de nadar, mientras nos bañamos en las regaderas compartidas, me dice algo que me hace repensar esta narrativa tal lineal de los conocimientos que le puede legar una madre a una hija. Me dice:

  Creo que ya sé por qué te gusta venir a las albercas, Ma.

  ¿Por qué?

  No solo porque te ayuda cuando estás triste.

  ¿ Ah, no? ¿ Por qué más?

  Te bajó la regla por primera vez en una alberca, ¿no?

  ¿ Te conté eso?

  Sí.

  Pues sí, es verdad, me bajó a los catorce años durante una carrera de relevos en la alberca.

  Pues por eso te gusta venir a nadar. Porque dejaste de ser niña adentro de una alberca.

  No sé si tenga razón o no con esta teoría. Pero lo que me queda claro es que las madres pensamos demasiado teleológicamente. Pensamos que lo que le  damos a nuestra hijas es algo así como una estafeta en una carrera de relevos. Les pasamos lo que tenemos para que ellas continúen su camino solas, pero con más herramientas, y tal vez gracias a eso puedan tener mejores vidas, tomar mejores decisiones. Nos deslizamos con ellas bajo el agua, deslizamos el dedo índice bajo la línea de una frase leída en voz alta, les enseñamos los ritmos, las respiraciones, las palabras, las técnicas, para que luego sigan escribiendo su vida ellas mismas. Pero rara vez consideramos el proceso inverso. Mientras pensamos que les estamos enseñando a leer y escribir el mundo, nuestras hijas nos están siempre, también, leyendo y reescribiendo a nosotras.


Valeria Luiselli. Principio, medio, fin







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