martes, 18 de agosto de 2026

 

  ¿ Ha traído el viento de nuevo la lluvia a la ciudad, oscureciendo la habitación de pronto? No. El ambiente, de una claridad plateada, está en calma, como rara vez en estos días de verano, pero ya es tarde y no nos hemos dado cuenta. Solo los tragaluces de enfrente sonríen aún con un suave fulgor y sobre la cumbrera el cielo está ya rodeado de una neblina dorada. En una hora será de noche. En una hora maravillosa, pues nada es más hermoso de ver que estos colores, que poco a poco se marchitan y ensombrecen, y después, en la habitación, la oscuridad brotará del suelo hasta que su marea engulla las paredes y nos arrastre al reino de las sombras. Cuando nos sentemos entonces uno frente al otro y nos miremos sin cruzar palabra, nos parecerá que en las sombras el rostro familiar se vuelve más viejo y extraño y lejano, como si no lo conociéramos de nada y lo viéramos desde una distancia remota y a través de muchos años. Pero ahora no quieres silencio, dices, porque en silencio oyes angustiado cómo el reloj machaca el tiempo y lo reduce a cientos de astillas y cómo la respiración se vuelve sonora como la de un enfermo. Quieres que te cuente algo. Con mucho gusto. No será de mí, sin embargo, pues nuestra vida en estas ciudades infinitas es ciertamente pobre en vivencias, o al menos eso nos parece, porque aún no sabemos lo que nos pertenece en verdad. Pero quiero contarte una historia para esta hora que, en realidad, solo ama el silencio, y me gustaría que tuviese algo de esta luz cálida, suave y abundante del crepúsculo que flota como un velo frente a nuestras ventanas.

 No recuerdo cómo ha llegado a mí esta historia. He estado sentado aquí, de eso sí me acuerdo, desde primera hora de la tarde, leyendo un libro, y después lo he dejado caer, abismado de pronto en ensoñaciones, quizá incluso en un sueño ligero. De pronto he visto aquí personajes, se deslizaban por toda la pared y podía oír sus palabras y ver su vida. Pero cuando he querido seguir su huida con la mirada, me he hallado de nuevo despierto y solo. A mis pies estaba el libro. Lo he recogido y le he preguntado por los personajes, pero ya no he encontrado su historia dentro; era como si se hubiese caído de las páginas a mis manos, o como si nunca hubiera estado allí. Tal vez la haya soñado, o leído en una de las coloridas nubes que han llegado hoy a nuestra ciudad desde tierras lejanas trayendo la lluvia que nos ha afligido tanto rato. ¿O la he escuchado en una de esas viejas y cándidas canciones que un organillo matraquea melancólicamente bajo mi ventana? ¿ Quizás me la contó alguien hace años? No lo sé. Historias así me llegan a menudo, y yo las dejo correr con ánimo juguetón entre los dedos, dejando que se vayan, como se acarician al pasar, sin recolectarlas, las espigas y las flores de tallo largo. Sueño estas historias desde una súbita imagen de colores hasta un final esbozado, pero no las retengo. Sin embargo, ahora quieres de mí una historia, y te la contaré en esta hora en que el crepúsculo nos despierta el anhelo de ver brillar algo colorido y con vida ante nuestros ojos que languidecen en la grisura.

  ¿ Por dónde empiezo? Siento que primero debo extraer de las sombras una imagen y un personaje, pues así empiezan en mí esos extraños sueños. Ya lo recuerdo. Veo a un chico esbelto que baja por la ancha escalera de un castillo. Es de noche, una noche con una débil luz de luna, pero yo veo todo el contorno de su cuerpo ágil y cada uno de sus rasgos como si se reflejaran en un espejo iluminado. Su belleza es extraordinaria. El pelo negro, peinado como el de un niño, cae liso sobre la frente un poco demasiado elevada, y las manos, que estira hacia adelante en la oscuridad para sentir el calor del aire calentado por el sol, son muy delicadas y nobles. Duda un momento. Baja abstraído hacia el gran jardín rumoroso y con muchos árboles redondeados, que una única y ancha avenida atraviesa como un puentecillo blanco.

 No sé cuándo pasó todo esto, si fue ayer o hace cincuenta años y tampoco sé dónde ocurrió...



  Historia en el crepúsculo.

Cuentos completos. Stefan Zweig





                                              Carta de una desconocida 1948


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