LA NECESIDAD DE IDEOLOGÍA
¿ Qué es la ideología? Un triple eximente: intelectual, práctico y moral. En cuanto eximente intelectual, la ideología consiste en retener solo los hechos favorables a las tesis sostenida, incluso en inventarlos totalmente, y en negar los otros, omitirlos, olvidarlos, impedir que sean conocidos. En cuanto eximente práctico, suprime el criterio de la eficacia, hace que la refutación de los fracasos carezca de valor. Y es que una las funciones de la ideología es, además, fabricar explicaciones que justifican dichos fracasos. A veces la explicación se reduce a una pura afirmación, a un acto de fe: " No es el socialismo al que se le deben imputar las dificultades encontradas por los países socialistas en su desarrollo", escribe Gorbachov en su libro Perestroika, publicado en 1987. Por último, como eximente moral, la ideología abole toda noción del bien y del mal para los actores ideológicos; o más bien, ocupa el lugar de la moral. Lo que es un crimen o vicio para el hombre común no lo es para ellos. Los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que, al oírlos, uno casi creería que, cuando se entregan a la corrupción, no es que su virtud quede empañada por haber sucumbido a la tentación, sino que, por el contrario , lo que ocurre es que vuelven honrada tal corrupción.
Al eximir a la vez de la verdad, la honradez y la eficacia, esto es, al ofrecer tan grandes comodidades, la ideología, aunque sea bajo otros nombres, ha gozado comprensiblemente del favor de los hombres desde el origen de los tiempos. Es duro vivir sin ideología, ya que, en ese caso, uno no encuentra, en su existencia, más que casos particulares, cada uno de los cuales exige un conocimiento de los hechos único en su género y apropiado, con riesgos de error y de fracaso en la acción, con eventuales consecuencias graves para uno mismo, con peligro de sufrimiento y de injusticia para otros seres humanos, y con probabilidades de remordimiento para quien toma una decisión. Pero nada de esto entra en juego cuando hablamos del ideólogo, quien se sitúa por encima de la verdad y del bien, quien es él mismo fuente de la verdad y del bien. He ahí un ministro reputado por su virtud, su culto a los derechos del hombre, su amor a las libertades. No dudará en presionar a una administración, en amenazarla, para lograr que su mujer, con toda irregularidad, sea nombrada profesora en una gran institución y se expulse a quien era titular del puesto. El abuso despótico del poder a favor del favoritismo familiar más trivial, algo que ese ministro fustigaría con asco si lo viera practicar fuera de su campo, deja de parecerle vergonzoso viniendo de él mismo. No se trata de la simple complacencia, mecanismo psicológico banal. Este hombre no está solo, sino que se ve acompañado, sostenido, por la sagrada sustancia de la ideología, que acolcha su conciencia y le induce a pensar que, hallándose él mismo en la fuente de toda virtud, no puede secretar más que buenas acciones.
En sus comienzos, una ideología es una hoguera de creencias que, aunque devastadora, puede inflamar noblemente los espíritus. Al final se degrada, en un sindicato de intereses. Aunque la ideología no posea eficacia, en el sentido de que no resuelve ningún problema real, ya que no proviene de un análisis de los hechos, lo cierto es que está concebida con vistas a la acción: transforma la realidad, e incluso mucho más poderosamente de lo que lo hace el conocimiento exacto. Y este hecho mismo constituye todo el objeto del presente libro. La ideología es ineficaz en el sentido de que no aporta las soluciones anunciadas por su programa. Así, la colectivización de las tierras no suscita la abundancia, sino la penuria. Pero no por ello la ideología tiene una menor capacidad de acción sobre lo real, porque precisamente puede hacer que se pase a los hechos e imponer a varios centenares de millones de hombres una aberración económica que resulte fatal para la agricultura. En otras palabras, la colectivización no es una verdad agrícola, pero sí una realidad ideológica que, aunque destructora de la agricultura, ha sido mucho más extendida en el siglo XX que la simple verdad agrícola.
La ideología constituye el ejemplo mismo de uno de esos conceptos familiares cuya aparente claridad se desvanece cuando tratamos de definirlos con precisión.
Todo ideólogo cree y consigue hacer creer que tiene un sistema explicativo global, fundado en pruebas objetivas.
JEAN-FRANCOIS RÉVEL
El conocimiento inútil
La buena tierra 1937
Caballero sin espada 1939
El candidato 1972
Cualquier parecido con la realidad...
Realidades inventadas..



