viernes, 12 de junio de 2026


 Cualquier historia, hasta que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del lenguaje, cuando se reviste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte tanto del ámbito de lo real como del de la ficción.

 ¿ De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? ¿ De aquel que se ha ido o de nosotros? ¿ De la ausencia misma? Está tan ausente que llena cada minuto  libre con su ausencia.

  Su presencia hasta ahora certificada también mi propia presencia, la presencia de mi niñez. A su vez, su ausencia pone en marcha toda la maquinaria de la memoria. Cosas en las que no había pensado en mucho tiempo se despiertan ahora, yo las despierto, para estar seguro de que todo aquello fue real. La memoria voluntaria y la involuntaria trabajan juntas, hacen girar el ruginoso mecanismo del recuerdo, desempolvan  o rellenan con imaginación aquello que no se ve con claridad. Y hay que reconocer que este es un trabajo centrado tanto en la memoria del que se ha ido como en nosotros mismos, de dar sentido al hecho de que seguimos aquí cuando el otro ya se ha ido.

 ¿ Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?

¿ De qué hablamos cuando hablamos de la muerte: De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad.

  Las personas soñadas son más que nosotros/ Pero no ocupan lugar..., escribe Tomas Trastromer en un poema titulado " Seminario de sueños".

 Los muertos también son más que nosotros, pienso mientras leo estas líneas. Y a pesar de que no ocupan, pueblan otras habitaciones, atraviesan otras puertas invisibles en el tiempo donde nos cruzamos en un instante. Habitaciones de ayer, como decía Gautín, las habitaciones de las tardes, con la luz mortecina y una mariposa muerta en el cenicero de la mesa. Hay que pisar con cuidado allí, decía siempre él, para no levantar polvo, y hay que cerrar bien la puerta para que no se mezclen los tiempos.

      Y no toques el reloj, va con la hora de otro tiempo...


 El duelo en realidad es egocéntrico, duelo por uno mismo en un mundo abandonado. Cómo viviré yo...Pero esta es solo una parte de la historia, solo una de las caras de la despedida.

Mientras tanto, él también  se despedía de nosotros.

Y su despedida fue sin duda más dramática que la nuestra. ¿ Podemos asomarnos a sus últimos pensamientos y soportar ( por un instante) lo que  contienen?

¿ Cómo viviré ( no, la palabra ya es distinta), cómo moriré, cómo muertearé toda la eternidad sin vosotros?

¿ Cómo muertearé ( o estaré muerteando) sin todo lo que fue y, peor aún, sin todo lo que llegará...?


Así debe de ser la tristeza de los  moribundos.

  Tristeza que se alimenta no solo del pasado, sino del futuro, sobre todo del futuro.

 Si fuera solo  del pasado, sería fácil: según todas las leyes de la perspectiva, cuanto más nos alejáramos en los días, más pequeña parecería la tristeza.

 Pero la tristeza ya ha puesto sus huevos en los días venideros y nos saluda con la mano desde allí.

Tristeza por la llegada de la  primavera, cuando brotará de nuevo todo lo que plantó, pero él no podrá verlo.

 Tristeza por el hecho de que sus nietos crecerán hasta ser tan altos como él, pero él no estará con ellos.

 Un día llegarán los bisnietos que esperaba, pero ellos no lo recordarán y él no saltará a la comba delante de ellos para hacerlos reír

 Tristeza por  el cerezo que plantó dos o tres años atrás y que ahora dará su primera cosecha.

 Es en el futuro donde el árbol de la tristeza florecerá, dará fruto y echará más y más ramas.

  La muerte es un cerezo que madura sin ti.

Mi padre se ha ido. No sé que hacer.

 No sé qué hacer con los veranos, que siempre asocio con él y con mi madre, con la casa y con el jardín, no sé que hacer con todos esos recuerdos que van saltando, no sé qué hacer con el pasado ni con los días que vienen.

 No sé  qué con todas las preguntas que irán apareciendo en el futuro.

 No sé qué hacer con las historias por las que no le pregunté y se quedaron sin contar.

 No sé qué hacer con esto que estoy escribiendo, que se supone que es sobre él, pero también sobre mí y sobre todos los padres cuyos pasos seguimos para alcanzarlos.

 No sé qué hacer en su cumpleaños, si seguimos celebrando ese día póstumamente o si una una nueva fecha, la fecha de su muerte, ha venido para aniquilar la del nacimiento.

 No sé qué hacer en Semana Santa y en Navidad, en todas las fiestas venideras y en todas las tardes por venir.


Gueorgui Gospodínov. El jardinero y la muerte.



                                                                     Aftersun 2022

   

                                                                            2020

¿ Por qué nadie nos enseña qué hacer con la muerte de los otros?

¿ Por qué nadie nos enseña cómo se muere, cómo debemos morir?


lunes, 25 de mayo de 2026

 

  Mi madre no pareció muy satisfecha de que mi padre hubiera descartado en mi caso la "carrera". Creo que, preocupada ante todo por que una regla de vida disciplinara los caprichos de mis nervios, lo que lamentaba no era tanto verme  renunciar a la Diplomacia cuanto que me dedicara a la literatura. " Déjalo ya- exclamó mi padre-, ante todo hay que disfrutar con lo que uno hace. Ya no es un niño. Ahora sabe de sobra lo que le gusta, es poco probable que cambie, y es capaz de darse cuenta de lo que le hará feliz en la vida". Hasta ver  si iba a ser feliz o no en la vida gracias a la libertad que me otorgaban, aquella noche las palabras de mi padre me entristecieron sobremanera. Sus atenciones imprevistas, cuando se producían, siempre me habían dado tantas ganas de besarle por encima de su barba las sonrosadas mejillas que si no me dejaba llevar era solo por miedo a disgustarlo. En ese momento, al igual que a un autor le asusta ver cómo sus propias ensoñaciones, que le parecen sin gran valor porque no las separa de sí mismo, obligan a un editor a elegir un papel, a emplear unos caracteres tal vez demasiado hermosos para ellas, yo me preguntaba si mi deseo de escribir era lo bastante importante para que mi padre, por ese motivo, derrochara tanta bondad. Pero, sobre todo, al hablar de mis aficiones que ya no cambiarían, de cuanto estaba destinado a que mi vida fuera feliz, infundió en mí dos terribles sospechas. La primera era ( aun cuando cada día yo me considerase como en el umbral de mi vida todavía intacta y que no daría comienzo sino a la mañana siguiente) que mi existencia estaba ya empezada, o más aún, que lo que iba a acontecer después no sería muy distinto de aquello que lo había precedido. La segunda sospecha, que a decir verdad no era sino otra forma de la primera, era que yo no estaba situado fuera del Tiempo, sino sometido a sus leyes, exactamente igual que esos personajes de novela que por ello me sumían en tanta tristeza cuando leía su vida, en Combray, hundido en mi sillón de mimbre con capota. En teoría sabemos que la tierra gira, pero en realidad no nos damos cuenta; el suelo sobre el que caminamos parece no moverse y vivimos tranquilos. Así ocurre con el Tiempo a lo largo de la vida. Y para que su huida resulte sensible a los novelistas no les queda más remedio que obligar al lector, acelerando hasta lo indecible el avance del segundero, a recorrer diez, veinte, treinta años, en dos minutos. Al inicio de una pagina hemos dejado a un amante lleno de esperanza; al final de la siguiente nos lo encontramos octogenario, dando dificultosamente por el patio de un asilo su paseo diario, desmemoriado y sin contestar a las palabras que se le dirigen. Al decir de mí: " Ya no es un niño, sus aficiones ya no van a cambiar, etcétera", mi padre acababa de forma repentina de mostrarme a mí  mismo inserto en el Tiempo, y me causaba el mismo tipo de tristeza que si yo hubiera sido, aún no el asilado senil, pero sí esos protagonistas de los que el autor, en un tono indiferente que resulta particularmente cruel, nos dice al final de un libro: " Cada vez pasa más tiempo en el campo. Ha acabado por  establecerse allí, etcétera".

Marcel Proust

En busca del tiempo perdido.

II A la sombra de las muchachas en flor.


         El padrino 1990

        La escena final del baile con su hija, y su mujer es inolvidable.



                                               La edad de la inocencia 1993

                                              " Para mí todo es más real aquí que si subiera"




jueves, 21 de mayo de 2026

Las grietas de las cosas


PORCIÓN HABITABLE DE LA TIERRA

Creo que era san Jerónimo quien decía que hay tantos misterios como palabras. Supongo que se refería a que nada que no pueda ser dicho, incluso si solo dicho a medias, puede realmente constituir un misterio, dado que el misterio solo se nos revela en las grietas de las cosas, en los espacios entre el entendimiento y lo imposible de entender, entre un significado y el siguiente: nunca en las palabras mismas, sino en lo que ocurre entre palabra y palabra.

Valeria Luiselli. Principio, medio, fin


* ¿Cómo interpretar esas pequeñas grietas?. ¿ Cuándo aparecen? ¿ Son necesarias?  ¿ Podemos vivir sin ellas?. Son muchas preguntas. Es mejor no pensar demasiado.  





sábado, 16 de mayo de 2026

  


 Quiero imaginar, mientras nadamos juntas, que le estoy enseñando un saber futuro.  Que nadar juntas es por ahora solo un conocimiento práctico, una habilidad mecánica, pero cuyas capas más profundas, más emotivas, con el tiempo emergerán para ayudarla en momentos más difíciles de su vida adulta, de la misma manera en que nos podemos aprender un poema de memoria en la adolescencia sin realmente entenderlo, " sus huesos son coral, ahora perlas son sus ojos", pero no estaremos listos para entenderlo de verdad hasta muchos años después, cuando llegue esa noche quieta inevitable de nuestro padre, tomándolo de la mano en una cama de hospital, y vuelvan esas líneas memorizadas a hacernos compañía.

 Tal vez un día, en sus treintas o cuarentas, si está en un momento de su vida en el que le esté costando volver a entender quién es y qué quiere y dónde está parada, podrá sumergirse bajo el agua, empujar con todas sus fuerzas contra la pared, y dejar que la flecha de su cuerpo se propulse hacia una versión más fuerte, más firme, más libre de ella misma.

Pero hoy, después de nadar, mientras nos bañamos en las regaderas compartidas, me dice algo que me hace repensar esta narrativa tal lineal de los conocimientos que le puede legar una madre a una hija. Me dice:

  Creo que ya sé por qué te gusta venir a las albercas, Ma.

  ¿Por qué?

  No solo porque te ayuda cuando estás triste.

  ¿ Ah, no? ¿ Por qué más?

  Te bajó la regla por primera vez en una alberca, ¿no?

  ¿ Te conté eso?

  Sí.

  Pues sí, es verdad, me bajó a los catorce años durante una carrera de relevos en la alberca.

  Pues por eso te gusta venir a nadar. Porque dejaste de ser niña adentro de una alberca.

  No sé si tenga razón o no con esta teoría. Pero lo que me queda claro es que las madres pensamos demasiado teleológicamente. Pensamos que lo que le  damos a nuestra hijas es algo así como una estafeta en una carrera de relevos. Les pasamos lo que tenemos para que ellas continúen su camino solas, pero con más herramientas, y tal vez gracias a eso puedan tener mejores vidas, tomar mejores decisiones. Nos deslizamos con ellas bajo el agua, deslizamos el dedo índice bajo la línea de una frase leída en voz alta, les enseñamos los ritmos, las respiraciones, las palabras, las técnicas, para que luego sigan escribiendo su vida ellas mismas. Pero rara vez consideramos el proceso inverso. Mientras pensamos que les estamos enseñando a leer y escribir el mundo, nuestras hijas nos están siempre, también, leyendo y reescribiendo a nosotras.


Valeria Luiselli. Principio, medio, fin







domingo, 10 de mayo de 2026

 



  Pero todos los sentimientos que nos provoca la alegría o el infortunio de un personaje real no se producen en nosotros sino por mediación de una imagen de esa alegría o ese infortunio, la genialidad del primer novelista consistió en entender que en el aparato de nuestras emociones, al ser la imagen el único elemento esencial, la simplificación que consistiera en suprimir lisa y llanamente los personajes reales sería un perfeccionamiento decisivo. Un ser real, por muy hondamente que simpaticemos con él, es percibido en gran medida por nuestros sentidos, por lo que nos resulta opaco, ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no puede levantar. Si le sucede una desgracia, nuestra aflicción solo se ciñe a una pequeña parte de la noción total que tenemos de él; y es más: solo en una parte de la noción que tiene de sí mismo podrá afligirse él. El hallazgo del novelista fue que se le ocurriera sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad igual de partes inmateriales; es decir, de las que nuestra alma se puede apropiar. Ya qué más da que las acciones, que las emociones de esos seres de una nueva especie resulten de verdad, puesto que las hemos hecho nuestras, que es en nosotros donde se producen, donde se adueñan, mientras pasamos febrilmente las páginas del libro, de la rapidez de nuestra respiración y la intensidad de nuestra mirada. Y una vez que el novelista nos ha puesto en ese estado, en el que, como en todos los estados puramente interiores, toda emoción se centuplica , en el que su libro nos va a turbar como lo haría un sueño, aunque más claro que los que tenemos durmiendo y cuyo recuerdo durará más, desencadena entonces en nosotros durante una hora todas las venturas y desventuras que en la vida tardaríamos años en conocer, y aun así no todas, como las más intensas, que jamás nos serían reveladas, porque la lentitud con que se producen nos priva de su percepción ( así nuestro corazón cambia a lo largo de la vida, y es el peor dolor, pero no lo conocemos más que en la lectura y la imaginación; en la realidad cambia como cambian ciertos fenómenos de la naturaleza: lo bastante despacio para que, aun pudiendo constatar sucesivamente cada uno de sus distintos estados, la sensación misma del cambio nos sea por el contrario escamoteada).

Marcel Proust

En busca del tiempo perdido.

I .Por el camino de Swann


                                                      El ladrón de orquídeas 2002



martes, 5 de mayo de 2026

¡Me pregunto qué contarán de mí cuando ya no esté!

 




                                                                       l

 Olga y yo habíamos hablado de la muerte en más de una ocasión. Es decir , de la mía, ella era mucho más joven. Yo afirmaba que había comenzado  a prepararme  para afrontar al final. Ella quería saber qué era lo que hacía, y se lo conté. Lo primero que hacía todas la mañanas al despertar era plantearme esa pregunta directa: " Si este resulta ser el último día de tu vida, ¿ crees que has tenido tiempo de hacer todo lo que querías?".

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" Ya nadie escribe para la eternidad. ¡ Por la sencilla razón de que la eternidad ya no existe!"

Era una idea vertiginosa. ¿ Cuándo desapareció la eternidad?

Para ella el problema no era metafísico.

Dostoyevski tenía un lector, Dios. Nietzsche no tenía ni siquiera a Dios, sólo a sí mismo. Está claro que escribían para la eternidad, la eternidad era lo que tenían. No se hicieron muy mayores. Nosotros en cambio vivimos cada vez más, pero nuestras vidas resultan más cortas.

 Olga me consoló.

- Nadie puede vivir fuera de su tiempo- dijo.

-"¿Cuál es nuestro tiempo? - pregunté.

- Es la antesala de la barbarie. Todos los criterios desaparecen en aras de uno solo: cuánto vende un producto. El éxito es la prueba de que es bueno. Afecta a todo, pero en distinto grado. El arte y la literatura son el dominio de los valores difusos, pero ahora tenemos por fin un criterio indiscutible: la capacidad de venderse. Nadie diría que un Volkswagen es mejor coche que un Rolls Royce porque se vendan más modelos. Pero en lo que se refiere a la literatura sí se puede decir, y de hecho se dice, y todo el mundo participa de esa fiesta bárbara, tanto las secciones de cultura de los periódicos como los editores y el público.

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 Describir a una persona puede parecer como intentar vestir a un niño de dos años que se resiste.

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Uno no debe ponerse a amueblar la nostalgia, porque entonces corre el riesgo de acomodarse en ella. La rosa silvestre no ha de crecer en una maceta en el alféizar de la ventana. Ha de crecer alta y poderosa en el seno del corazón y no ha de tener agua ni solución nutritiva. Ha de tener sangre.

                                                                             V

 ¿ Qué abusos no cometemos cuando intentamos comprender a otro ser humano, sobre todo cuando lo queremos? ¿ Qué soberbia la de atribuir a la gente ciertos pensamientos y no otros?

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 ! Me pregunto qué contarán de mí cuando ya no esté !

 Me imagino que todos nos hacemos esa pregunta. Sobre todo si eres padre. Te preguntas qué es lo que recordarán tus hijos de ti. Yo también. Llegué incluso a intentar dirigir los recuerdos de mis hijos sobre mí, de tal forma que hacía ciertas cosas o decías ciertas cosas con el objetivo de que las recordaran.

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¿ Cómo se prepara uno para la muerte? ¿ Cómo puede uno seguir viviendo como siempre al mismo tiempo que está pendiente de lo inevitable? 

  Fueron ese tipo de preguntas las que una vez me impulsaron a estudiar filosofía. Resultaba muy instructivo ver que, cuanto más se acervaba uno a la forma de pensar moderno, más claro quedaba que esas cuestiones ya no se consideraban dignas de debate.

 La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, conceptos y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy  por mercado al mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto.

 Seguro que era liberador declarar nulas las antiguas cuestiones filosóficas. Eso no implicaba, sin embargo, que uno se librara de ellas. Lo podía ver en mí mismo. Creía que había neutralizado la cuestión del sentido de la vida.

 ¿Cómo?

 No desechándola sino defendiendo que uno nace en un sentido de la vida del mismo modo que un pez sale del huevo en el mar. Que es una dimensión de la sociedad en la que vive.

 Cada sociedad se organiza en torno a un concepto de la vida y cuando te mudas de una sociedad a otra, también te mudas de un sentido a otro. Te ves obligado a escoger, puesto que no puedes vivir tu vida como una coma entre dos oraciones.

  ¿ A qué nos referimos cuando nos planteamos la pregunta sobre el sentido de la vida?

Existen varias respuestas. Uno puede plantearse si hay un propósito general, que es lo que piensa la mayoría de los creyentes. En ese caso, el sentido de la vida es el propósito que tenga con ella  una divinidad.

 Yo no soy creyente. Eso no impide que pueda actuar como tal. Por  ejemplo, se podría sustituir a Dios por la Naturaleza.

 Pero no creo que la Naturaleza abrigue ningún propósito.

 Creo que se nace por una casualidad y se muere por otra. Con lo que por mi parte no hay ningún propósito externo. Eso no impide que yo no me busque uno interno. Que yo administre mi vida de modo que exprese el propósito que tenga con ella.

 Tal vez se pueda buscar el sentido de la vida al revés. Es decir, responder a la pregunta de por qué pasó lo que pasó. Sorprende lo fácil que es encontrar con el tiempo circunstancias  y conexiones entre sucesos que en un principio considerábamos independientes por completo.

 Incluso puedo imaginarme que al final encontraremos un sentido en todo esto.

 Es sin duda una construcción débil, pero resulta consoladora. Lo único que hay que hacer es vivir como uno desee y cuando ya no esté por la labor de continuar, puede sentarse y "leer" el sentido de la vida en el mosaico que ha formado su propia historia.

 " ¿ Cuál habría sido la alternativa para Olga? *


Theodor Kallifatides. Una mujer a quien amar.

* ¿Cuál sería tu alternativa?





jueves, 15 de enero de 2026

 

                                     

                                       EL OTOÑO DE LAS ROSAS


  Vives ya en la estación del tiempo rezagado:

lo has llamado el otoño de las rosas.

Aspíralas y enciéndete. Y escucha,

cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.


Francisco Brines


Vivir es bello a veces

¿ Y qué sentido tiene haber llegado?

lunes, 29 de diciembre de 2025



  Diez mil veces se partió mi corazón dentro de mí. No puedo contar los sollozos que me emocionaron, los dolores que consumieron mi corazón.

  Y si embargo, también vi otras cosas  que me llenaron los ojos de lágrimas y me agitaron como una hoja olvidada. Vi hombres y mujeres que entregaban su vida, sus esperanzas, todo, por los demás. Vi actos de una entrega tan grande que me hicieron llorar lágrimas de alegría. Estas cosas, pensé, son hermosas, aunque no sean capaces de redimir. Son rayos puros del sol incidiendo sobre el gran monte de estiércol del mundo.

                                                         Charles- Robert Anon*

* Charles-Robert Anon: Uno de los seudónimos de Pessoa

** ¿ Qué es la vida?

domingo, 28 de diciembre de 2025

La oferta se explica por la demanda

 



 Las sociedades abiertas - por emplear el adjetivo de Henri Bergson y de Karl Popper- son al mismo tiempo la causa y el efecto de la libertad de informar y de informarse. Sin embargo, quienes recogen la información parecen tener como preocupación dominante el falsificarla, y quienes la reciben, eludirla. En tales sociedades se invoca continuamente un deber de informar y un derecho a la información. Pero del mismo modo que los profesionales se afanan en traicionar eses deber, así también sus clientes se desinteresan de gozar de ese derecho.

Solo en las sociedades abiertas es posible observar y medir el auténtico celo de los hombres en decir la verdad y acogerla, ya que el gobierno de dicha verdad no se ve obstaculizado por nadie más que ellos mismos. Además, y  no es esto lo menos intrigante, ¿ cómo pueden actuar hasta tal punto contra su propio interés? Y es que la democracia no puede vivir sin cierta dosis de verdad. No puede sobrevivir si dicha verdad queda por debajo de un nivel mínimo. Este régimen, basado en la libre determinación de las decisiones de la mayoría, se condena a sí mismo a muerte si los ciudadanos que toman tales decisiones se pronuncian casi todos en la ignorancia de las realidades, la ceguera de una pasión o la ilusión de una impresión pasajera. En la democracia, la información es libre, sagrada, porque ha asumido la función de contrarrestar todo aquello que oscurece el juicio de los ciudadanos de decisores y jueces del interés general. Pero ¿ qué ocurre si es la propia información la que se las ingenia para oscurecer el juicio de los jueces? ¿ Acaso no vemos con mucha frecuencia que los medios de comunicación que cultivan la exactitud, la competencia y la honradez constituyen la porción más restringida de la profesión, y su audiencia, el sector más reducido del público? ¿ No observamos que los periódicos, emisiones de radio, revistas o debates televisivos, así como las campañas de prensa se caracterizan salvo contadas excepciones por un contenido informativo cuya pobreza es paralela a su falsedad?

Si, en efecto, un número muy reducido de ellos sirve realmente al ideal teórico de su profesión, el público apenas los incita a ello; y por lo tanto, es en el público, en cada uno de nosotros, donde debemos buscar la causa de la supremacía de los periodistas poco competentes o poco escrupulosos. La oferta se explica por la demanda. Pero la demanda, en materia de información y análisis surge de nuestras convicciones. ¿ Cómo se forman estas? Tomamos nuestra decisiones más importantes en medio de un abismo de imprecisiones, prejuicios y pasiones, y posteriormente, husmeamos y sopesamos menos su exactitud que su capacidad de amoldarse o no a un sistema de interpretación, un sentimiento de comodidad moral o una red de alianzas. Según las leyes que gobiernan esa mezcla de palabras, apegos, odios y temores llamada opinión pública, un hecho no es real o irreal: es deseable o indeseable. Es un aliado o un adversario, un compinche o un maquinador, y no un objeto de conocimiento. Y a veces, incluso erigimos en doctrina, justificamos por principio, que el posible uso de un hecho tenga preeminencia sobre el conocimiento demostrable.

Nuestra opiniones, aunque sean desinteresadas, proceden de diversas influencias, entre las cuales el conocimiento de la materia figura muy a menudo en último lugar, después de las creencias, el ambiente cultural, el azar, las apariencias, las pasiones, los prejuicios, el deseo de que la realidad se amolde a nuestros prejuicios y la pereza  de espíritu. Esto no es nada nuevo...


* ¿ Qué es la ideología?

JEAN-FRANCOIS REVEL. El conocimiento inútil.

jueves, 30 de octubre de 2025

La falsificación de la información

 

La primera de todas las fuerzas que gobiernan el mundo es la mentira. La civilización del siglo XX se ha basado, más que cualquier otra anterior, en la información, la enseñanza, la ciencia, la cultura; en suma, en el conocimiento, así como en el sistema  de gobierno que, por vocación, da acceso a todos: la democracia. Sin duda, al igual que la democracia, la libertad de información se halla en la práctica repartida de forma muy desigual en el planeta. Y hay pocos países en los que la una y la otra hayan atravesado el siglo sin verse interrumpidas, o incluso suprimidas durante varias generaciones. Ahora bien, aunque lleno de lagunas y sincopado, el papel desempeñado por la información en los hombres que deciden los asuntos del mundo contemporáneo, y en las reacciones de los demás ante dichos asuntos, es sin duda más importante, más constante y más general que en épocas anteriores. Quienes obran disponen de mejores medios para saber en qué datos apoyar su acción, y quienes experimentan esa acción está, mucho mejor informados sobre aquello que hacen quienes obran.

  Es interesante, por último, investigar si esta preponderancia del conocimiento, su precisión y su riqueza, su difusión cada vez más amplia y más rápida, ha conllevado, como sería natural esperar, una gestión más juiciosa de la humanidad. La cuestión adquiere incluso mayor relevancia si tenemos en cuenta que el perfeccionamiento acelerado de las técnicas de transmisión y el continuo aumento del número de individuos que se aprovechan de ello harán aún más del siglo XXI la era en que la información constituirá el elemento central de la civilización.

  En nuestro siglo hay a la vez más conocimientos y más hombres que disponen de esos conocimientos. En otros términos, el conocimiento ha progresado, y según parece se ha visto seguido en su progreso por la información, la cual consiste en la diseminación de dicho conocimiento entre el público. Para empezar, la enseñanza tiende a prolongarse cada vez más, y a repetirse cada vez con mayor frecuencia en el curso de la vida; además las herramientas de comunicación de masas se multiplican y nos cubren de mensajes en un grado inconcebible hasta ahora. Ya se trate de difundir la noticia de un descubrimiento científico y de sus perspectivas técnicas, de anunciar un acontecimiento político o de publicar las cifras que permiten evaluar una situación económica, lo cierto es que la máquina universal de informar se vuelve cada vez más igualitaria y generosa, de modo que anula la vieja discriminación entre élite en el poder, que sabía muy poco, y el conocimiento de los gobernados, que no nada. Hoy, ambos saben o pueden saber mucho.  Así pues, la superioridad de nuestro siglo con respecto a los previos parece radicar en que los dirigentes o responsables en todos los terrenos disponen  de conocimientos más amplios y más exactos a la hora de tomar decisiones, mientras que el público, por su parte, recibe en abundancia la información que le permite juzgar lo acertado de esas decisiones. En buena lógica, tal fastuosa convergencia de factores favorables ha debido engendrar ciertamente una sabiduría y un discernimiento sin equivalente en el pasado y, por lo tanto, una prodigiosa mejora de la condición humana. ¿ Es así?


JEAN-FRANCOIS RÉVEL. El conocimiento inútil





                                                El gran carnaval 1951


¿ Podría ser que la misma abundancia de conocimientos e informaciones despertará el afán de esconderlos más que de emplearlos? ¿ Que el acceso a la verdad generará más resentimientos que satisfacción, la sensación de un peligro más que la de un poder? ¿ Cómo explicar la escasez de información exacta en las sociedades libres, donde han desaparecido en gran medida los obstáculos materiales para su difusión, y los hombres pueden conocerla fácilmente si sienten curiosidad o simplemente no la rechazan?

     * Esta entrada  merece una segunda parte. Hay que reflexionar más sobre el tema, merece la pena.

sábado, 25 de octubre de 2025

   Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?... ¿ Qué has querido de verdad?...    ¿ A qué has sido fiel o infiel?... ¿ Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?... Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo; eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.

EL ÚLTIMO ENCUENTRO. Sándor Márai

* Sí importa... y mucho. El silencio lo dice todo. No puedes evitarlo, y es triste reconocerlo. Ellos ya no están. Palabras que nunca se dijeron, ausencias prolongadas. El tiempo sin ellos. Siempre los mismos errores.


Seres queridos... gracias por todo

viernes, 24 de octubre de 2025

Viajar

 

Un viaje es un gesto inscrito en el espacio, desaparece nada más realizarse. Vas de un lugar a otro, y de ahí de nuevo a otra parte, y detrás de ti no queda rastro de que alguna vez estuviste allí. Los caminos que recorriste ayer ahora están llenos de gente distinta que no saben quién eres. Un desconocido yace en la cama del cuarto en el que dormiste anoche. El polvo cubre tus huellas, limpian las marcas de tus dedos en la puerta, recogen del suelo y de la mesa los fragmentos de las pruebas que se te hayan podido caer, los tiran a la basura y no vuelven nunca más. El aire mismo se cierra a tu espalda y poco después, tu presencia, que parecía tan pesada y permanente, ha desaparecido por completo. Las cosas solo ocurren una vez y nunca se repiten, nunca vuelven. Salvo en el recuerdo.

Damon Galgut. En una habitación ajena

Continuará...


                                           

jueves, 23 de octubre de 2025

 

  De forma que parece que afrontamos un dilema imposible: si no queremos que nos mate el cambio climático, tenemos que dejar de ser quienes somos. Entenderéis  por qué la gente no está exactamente corriendo a las barricadas. Nos cuesta más hacernos a la idea de dejar de ser quienes somos que hacernos a la idea de que vamos a morir.

 Así pues, ¿ cómo podemos hacernos a la idea? Esta noche voy a proponer que un camino hacia la solución posible pasa por un replanteamiento radical de lo que queremos decir con nosotros. A base de examinar con atención estas cosas que consideramos que nos hacen ser quienes somos. estas dos expresiones, de hecho, nos dan el meollo del argumento. Cosas y quienes somos. ¿ Qué tienen que ver las "cosas" con " quienes somos"?  ¿ Cómo puede una cosa hacerte quien eres? ¿ Antes de que la gente tuviera cosas no era quien era? Cuando naciste, cuando viniste al mundo, sin iPhone, sin coche, sin deportivas Nike ni Adidas, ni de ninguna otra clase, ¿ acaso tus padres te vieron incompleto? ¿ Pensaron que tenían un bebé defectuoso? No. Pensaron que eras perfecto. Estabas completamente desnudo y sin capacidad de hablar, y aún así consideraron que eras el summun de la belleza y la perfección.

 Pero no es así como pensamos en nosotros mismos, ¿verdad? No es así como se promueve que nos veamos. Se nos enseña a pensar que somos defectuosos, inadecuados, incompletos. Distintos de alguna forma repugnante, inaceptable. Se nos enseña que, si no ocultamos esa diferencia , estaremos solos. Que  no nos querrá nadie. De manera que aprendemos a disfrazarnos con productos, etiquetas, máscaras de alguna clase. Ropa, productos, equipos deportivos, sistemas de creencias, ideas políticas nacionalismo, cosas externas que usamos para representar quienes somos. Yo soy el tipo marxista, soy el que tiene el reloj de lujo, soy el tipo que es de aquí y no de allí. Cuando me miráis, es lo que quiero que veáis. Aún distinto de vosotros, pero ahora de una forma comprensible y clasificable.

 Cuando era alumno aquí, hace veinte años, yo era un maestro de esa clase de camuflaje. No lo habríais imaginado hablando conmigo. Estaba fuera del armario, que no era tan habitual por aquel entonces. La gente me consideraba valiente, y en cierta manera era verdad. Era una época en que los hombres gay o los hombres con aspecto gay o sospechosos de ser gais sufrían palizas de forma habitual. Aún así, mi valentía estaba construida sobre unos cimientos de miedo. Porque lo que realmente me daba miedo no era que la gente viera que era gay. Era que vieran que era yo. De forma que mi sexualidad se convirtió en una herramienta que usaba para distraer la atención de mí.

 Y durante mucho tiempo me funcionó, ese personaje me funcionó. Lo tenía todo planeado. ¿ Y qué lo estropeó? No, no fueron los delitos de odio, ni los prejuicios, al contrario. Sí. Me enamoré.

 Me enamoré de un hombre, de otro alumno de aquí, y no salió bien. Por muchas razones. Éramos jóvenes y en cualquier caso no debería haber sido ninguna tragedia. Al menos, no en esa época de la vida, ¿verdad? ¿ No es eso lo que te dicen siempre? Pero sí que me lo tomé muy mal, y me quedé destrozado. Abandoné la carrera.

 La cuestión es que , después de que terminará aquella relación, me dio la sensación de no tener nada... Si quería vivir -  si iba a sobrevivir un día más-, me di cuenta de que necesitaba entra al mundo. Necesitaba formar parte de algo real, y para eso tenía que dejar que la gente me viera como era. La idea me horrorizaba, porque la verdad sobre mí me horrorizaba. era como volver a salir del armario, solo que un millón de veces más difícil. Pero no tenía elección.

 Me apunté a un grupo de senderismo. Siempre me había gustado la naturaleza, pero lo mantenía completamente en secreto... Y resumiendo, fue entonces cuando me empecé a interesar por el medio ambiente, por el campo, y también por la ciudad, por cómo podemos preservarlo todo. Y fue entonces cuando empecé a ver los enormes y aterradores que son los problemas que afrontamos.

 A riesgo de parecer narcisista, me parece que el punto en el que estamos con respecto al cambio climático no es tan distinto al punto en el que estaba yo  después de aquella ruptura mía. Es decir, estamos en un momento en el que o bien cambiamos radicalmente de forma de vida, o bien nos destruiremos... Si no afrontamos la realidad, no sobreviviremos. Y para afrontar la realidad, primero tenemos que dejar de lado todos esos inventos y disfraces que hemos estado tan ocupados acumulando. tenemos que quitarnos las máscaras.

 En cuanto lo hagáis, el mundo se transformará. En cuanto os quitéis la máscara, será como si todas las demás máscaras se volvieran transparentes, y veréis que, detrás de nuestros caprichos y rarezas individuales, todos somos iguales. Somos iguales por el hecho de ser distintos, de sentirnos mal porque somos distintos. O por decirlo de otro modo: somos todos expresiones distintas de la misma vulnerabilidad y la misma necesidad. Eso es lo que nos une a todos. Y en cuanto lo reconozcamos, en cuanto nos veamos como una comunidad de diferencias, las diferencias en sí dejarán de definirnos. Y será cuando podamos empezar a trabajar juntos y las cosas puedan cambiar.


PAUL MURRAY. La picadura de abeja



                                                               La calumnia. 1961

sábado, 11 de enero de 2025

última mirada

 


Cuanto mayor se hace uno, más muertos conoce. Ellos siempre están cerca; los espíritus nos rodean. Esta sensación la describí en un relato. Llega el momento en que uno conoce a más personas muertas que vivas. Es el momento en el que uno mismo se acerca a la muerte. Me pregunto si me habría gustado reencontrarme con Harry aunque fuese en el sueño de otra persona. Creo que sí; tengo aún mucho que contarle. Otra cosa es que a él le apeteciera escuchar todo lo que quisiera decirle. Después de cada muerte, se nos acumulan las palabras nunca pronunciadas, que quedan atrapadas en una telaraña, los pensamientos que siguen en nuestra mente pero que nunca hemos manifestado, los recuerdos que seguimos conservando, los hechos sucedidos que ya no tienen vuelta atrás y que se presentan en los momentos más inesperados.

Cees Nooteboom

533 días

* ¿ Por qué es tan singular el momento de ser fotografiado?

jueves, 2 de enero de 2025

Algunos poemas...

 

QUIMERA


Nunca fuiste quien quisiste ser,

quien creías que eras.

El traje equivocado

en un mundo volcado.


Siempre has ido con la mentira,

la más antigua prometida, nunca creíste

que los dichos cercanos


son los más íntimos. Para ti era

más familiar la aparición

que el primer pensamiento,


tenías demasiado mundo, demasiado musgo

en tu estatua, estabas

con el libro que tú mismo no querías leer,


un hombre de carne que se volvió cal,

un ángel de sombra, solo,

y envuelto en el vacío oficio

de tu nombre.

                                                 Así pudo ser

Cees Nooteboom


Películas olvidadas


                                              Noche nupcial ( 1935) King Vidor

martes, 24 de diciembre de 2024

Los libros

 

  Con los libros abrimos toda una sucesión de pasados individuales, de voces singulares que ha superado el tiempo y el olvido. Y que, por ello, han conseguido la única forma de humana inmortalidad..

  La posibilidad de permanecer otorga al libro una vida especial. En el silencio de las bibliotecas, donde presentimos las voces que nuestro ojos pueden oír cada vez que el tiempo de cada ser se asocia con el tiempo apresado en la memoria de seas páginas, sentimos la presencia de una historia que soprepasa los latidos de cada historia personal. Es cierto que no todo lo que pensaron aquellos que nos precedieron en el fluir del tiempo ha quedado recogido en la escritura, pero basta el incalculable tesoro de lo ya escrito para percibir ese otro mundo que sobrepasa el pequeño círculo en el que, originariamente, está instalada nuestra solitaria, clausurada y tantas veces empobrecida individualidad.

  La escritura posada y materializada en las páginas de los libros es, pues, el tesoro más importante de la historia humana.

  Los libros, en el tiempo de las experiencias múltiples de quienes escribieron, encierran la vida de todas las ideas que la mente humana pudo apresar y universalizar desde la singular historia, desde la mirada individual de cada ser personal. Y eso sumerge al individuo en la compañía de unas formas de inagotables lenguajes.

  Con los libros abrimos, pues, toda una sucesión de voces singulares, de pasados individuales que, por ese medio, han logrado escapar al fluido uniforme de la temporalidad y liberarse de la claudicación que supone el saber que lo que hablamos se esfuma y diluye en unos instantes.

  Con los libros podemos alzarnos sobre el monótono palpitar de la conciencia alimentada solo por las presiones vitales de cada biografía. Por eso, cuando se ha pretendido el entontecimiento colectivo, el fanatismo, que tantas veces alcanza el dominio sobre los individuos indefensos, ante la miseria, la pobreza, el abandono y el desprecio, ha fomentado el analfabetismo real, o los sucedáneos que permiten los sutiles y mareantes vericuetos de la llamada sociedad de la información.. La escritura permitió que esas nuevas formas de realidad entrasen a convivir con nosotros y, sobre todo, a alimentar la vida intelectual y afectiva.

    Al pasar las páginas con nuestros dedos descubríamos una misteriosa posibilidad de acariciar el tiempo, de sentirnos identificados con aquella silenciosa voz que la vida ideal y real de nuestros ojos hacía, instante a instante, latido a latido, renacer.

  Por eso los  medios tecnológicos, las nuevas formas de presentar la escritura, jamás podrán suplantar esos objetos vivos, reales, que empiezan  a llenar el espacio de nuestras casas y a los que acudimos en esos momentos en que necesitamos escuchar, sentir, el tiempo pasado y las voces que nos lo hablan.

   Hay momentos de nuestra existencia en los que por la edad, por la posible pérdida de vigor o de entusiasmo, porque entrevemos que nuestro curso vital está ya en otro territorio, en un posible espacio  de la más o menos lograda madurez , descubrimos cómo son ellos, los libros, los que, paradójicamente, nos leen a nosotros mismos, los que nos instan a que volvamos a tomarlos en las manos, a descubrir aquel subrayado amarillento, aquella hoja doblada, aquel lomo deshilachado, aquella fecha, aquella dedicatoria- " tanto impulso que corre a mi destino, desemboca en tu mundo".

  Y nos leen porque al verlos en la estantería en la que reposan comprobamos que hace tiempo, años quizá, que no los tocamos, como si se hubiera alejado ya de nuestros intereses, y recordamos como en un horizonte neblinoso lo que en su momento nos dijeron, lo que nos enseñaron y aleccionaron. Ese mensaje que nos lanzan se engarza con la memoria imprecisa que tenemos de ellos y volvemos a leerlos, a enlazarnos de nuevo con su memoria y con la nuestra. Ese vínculo de amistad inalterable, esa amistad y amor que, con el lenguaje, es una de las pocas cosas por las que merece la pena vivir, nos sumergen en el infinito amor por los seres humanos, desde las palabras de aquellos que con sus obras nos hablaron para que aprendiéramos también a mirar el mundo y, de paso, a amistarnos con los sin voz.

EMILIO LLEDÓ. Los libros y la libertad



                                                      
                                                    El lector (2008)




                                                   La librería ( 2017)

sábado, 21 de diciembre de 2024

Muchas veces olvidamos que pensar es una forma, la más delicada y sutil, de ver.

 

Es difícil entender hoy lo que decimos cuando hablamos de cultura, sobre todo si pensamos, por ejemplo, en expresiones como "cultura de masas". Parece que estamos aceptando opiniones y conocimientos que no solo sostienen un cierto conformismo con la ignorancia, sino que, de paso, asumen la imposibilidad de salir de ella, como si un aciago destino imperara irremediablemente sobre amplios sectores de la sociedad.


La interpretación es una empresa que, en principio, no quiere decir otra cosa que la continuada y estimulante- deprimente, a veces- necesidad de saber quiénes somos, qué podemos hacer y cuáles son nuestros deberes para con nosotros mismos y para con los demás, tal como planteaba Kant en un famoso texto. No podemos estar en la vida sujetos al ritmo inerte en el que muchas veces nos sumergimos y en el que acabamos siendo incapaces de entender y entendernos. Esa incapacidad surge porque una serie de estímulos, repetidos a lo largo de los años, fruto de ideologías, entorpecimientos mentales, fanatismos e intereses, han levantado en nuestro cerebro grumos de opiniones en los que apoyamos nuestros comportamientos y con los que los justificamos.

   Es verdad que hay en el mundo que nos ha tocado vivir lagunas inmensas de ignorancia y miseria sobre las que apenas pueden liberarse las formas imprescindibles de humanización y progreso. Pero esas patologías sociales a las que millones de seres humanos nacen condenados no impiden que, además de luchar para hacer imposible esas situaciones, seamos capaces de descubrir, al mismo tiempo, ese horizonte de libertad que alcanzaron determinadas culturas fundadas en la curiosidad, en la inteligencia e interpretación de la realidad y en la rebelión ante todo aquello que agrumaba la capacidad de pensar.

  Entender e interpretar la vida y la sociedad fue una forma de reflejar el lenguaje en el que nacemos y con el que se forja nuestra persona. Una necesidad, pues, de liberación de la mirada habitual sobre el mundo y, especialmente, sobre el lenguaje que nos lo dice. Alguna vez se ha escrito que, más que entre un mundo de cosas, nacemos en un mundo de significaciones. Y esas significaciones nos "destinan" ya a un universo de sentidos, de hábitos mentales, de actitudes y comportamientos.

  El fundamento del existir no solo consiste en asumir nuestra maravillosa condición carnal, por muy efímera que sea, sino en rebelarnos ante la condición cultural que puede transformarse en naturaleza a su vez, pero no naturaleza como libertad, idealidad, creatividad, sino en naturaleza coagulada y paralizada en opiniones y falsificaciones. El mundo mental que nos habita y que es principio de liberación puede transformarse, así, en encierro y alienación.  Precisamente porque la cultura es invento de los seres humanos y por ello tiene que estar continuamente en un proceso de crítica, de reflexión y de creación no se debe aceptar esa inercia que nos cosifica y anula, que nos "naturaliza" en el peor sentido de la palabra. Quiero decir que hace de la libertad que crea y forja el mundo de la cultura un organismo coagulado ya en comportamientos mecánicos, en respuestas monocordes donde predominan prejuicios, grumos mentales y todo ese aparato de reflejos condicionados que determinados poderes políticos y económicos, los medios de comunicación, la "mala educación", son capaces de engendrar.

EMILIO LLEDÓ. Los libros y la libertad.


Recomendaciones para la Navidad:


                                            Los que se quedan ( 2023)

martes, 17 de diciembre de 2024

 




1. LA ERA DE LA ANSIEDAD


Según todas las apariencias externas, la vida es una chispa luminosa entre dos oscuridades eternas. Tampoco el intervalo entre esas dos noches es un día sin nubarrones, pues cuanto más capaces de experimentar placer, tanto más vulnerables somos al dolor y, ya sea en segundo término o en primer  plano, el dolor siempre nos acompaña. Nos hemos convencido de que la existencia  vale la pena por la creencia de que hay algo más que las apariencias externas, que vivimos para un futuro más allá de la vida presente, puesto que el aspecto exterior no parece tener sentido. Si vivir es acabar con dolor, falta de integridad y el regreso a la nada, parece una experiencia cruel y fútil para unos seres que han nacido con la capacidad de razonar, abrigar esperanzas, crear y amar. El hombre, ser juicioso, quiere que su vida tenga sentido, y le cuesta trabajo creer que lo tiene a menos que exista un orden externo y una vida eterna tras la experiencia incierta y momentánea de la vida mortal.

  Quizá no se me perdone que presente temas serios con una disposición frívola, pero el problema de encontrar sentido al caos aparente de la experiencia me recuerda mi deseo infantil de enviar a alguien un paquete de agua por correo. El destinatario quita el cordel y desencadena un pequeño diluvio sobre su regazo. Pero el juego nunca sería efectivo, dado que es irritantemente imposible envolver y atar medio litro de agua en un paquete de papel. Hay tipos de papel que no se deshacen cuando está húmedos, pero el problema estriba en lograr que el agua adopte una forma manejable y en atar el cordel sin  que el bulto reviente.

  Cuanto más estudiamos las soluciones que se han intentado aplicar a los problemas en política y economía, arte, filosofía y religión, más aumenta nuestra impresión de que esa gente extremadamente dotada está aplicando de un modo inútil su ingenio a la tarea imposible y fútil de empaquetar el agua de la vida, haciendo unos paquetes pulcros y permanentes.

  Hay muchas razones por la que esto debería ser especialmente evidente a quienes vivimos hoy. Sabemos mucho de historia, de todos los paquetes que sed han atado y que en su momento se han deshecho. Conocemos con mucho detalle los problemas de la vida que se resisten a una simplificación fácil y que parecen más complejos y amorfos que nunca. Además, la ciencia y la industria han aumentado den tal modo el ritmo y la violencia de la vida, que nuestros paquetes parecen deshacerse con mayor rapidez cada día que pasa.

  Tenemos, pues, la impresión de vivir en una época de inseguridad desusada. En los últimos cien años se han perdido numerosas tradiciones que estuvieron en vigor durante mucho tiempo: tradiciones de vida familiar y social, de gobierno, del orden económico y de creencias religiosas. A medida que transcurren los años, parece que cada vez hay menos rocas a las que podamos agarrarnos, menos cosas que podamos considerar como absolutamente correctas y ciertas, fijadas para siempre.

  Para ciertas personas esto representa una liberación de las trabas dogmáticas, morales, sociales y espirituales. Para otros es una ruptura peligrosa y temible con la razón y la cordura, y tiende a sumir la vida humana en un caos irremediable. Para la mayoría,  quizá, la sensación inmediata de liberación procura un breve alborozo, seguido por la ansiedad más profunda; pues si todo es relativo, si la vida es un torrente sin forma ni objetivo en cuya corriente nada absolutamente, excepto el mismo cambio, puede durar, parece ser algo en lo que no hay "futuro" y, por ende, no hay esperanza.

  Los seres humanos parecen ser felices sólo mientras tengan un futuro a la vista, ya sea el bienestar de mañana mismo o una vida eterna más allá de la tumba. Por diversas razones, cada vez son más las personas a las que les resulta difícil creer en esto último. Por otro lado, el futuro de bienestar inmediato tiene la desventaja de que cuando llegue ese mañana, es difícil disfrutarlo plenamente sin  alguna promesa de que habrá más. Si la felicidad siempre depende de algo que esperamos en el futuro, estaremos persiguiendo una quimera que siempre nos esquiva, hasta que el futuro, y nosotros mismos, se desvanece en el abismo de la muerte.

  En realidad, nuestra época no es más insegura que cualquier otra. La pobreza, la enfermedad, la guerra, el cambio y la muerte no son nada nuevo. En los mejores tiempos, la "seguridad" nunca ha sido más que temporal y aparente...


Alan Watts. La SABIDURÍA de la INSEGURIDAD. Mensaje para una era de ansiedad.

* el misterio de la vida no es un problema a resolver, sino una realidad a experimentar.

martes, 29 de octubre de 2024

 



                                                                SOCIEDAD DE LA INDIGNACIÓN


Las olas de indignación son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención. Pero en virtud de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. Para esto son demasiado incontrolables, incalculables, inestables, efímeras y amorfas. Crecen súbitamente y se dispersan con la misma rapidez. En esto se parecen a las smart mobs ( multitudes inteligentes). Les faltan la estabilidad, la constancia y la continuidad indispensables para el discurso público. No pueden integrarse en un nexo estable de discurso. Las olas de indignación surgen con frecuencia a la vista de aquellos sucesos que tienen una importancia social o política muy escasa.

 La sociedad de la indignación es una sociedad del escándalo. Carecen de firmeza, de actitud. La rebeldía, la histeria y la obstinación características de las olas de indignación no permiten ninguna comunicación discreta y objetiva, ningún diálogo, ningún discurso. Ahora bien, la actitud es constitutiva para lo público. Y para la formación de lo público es necesaria la distancia. Además, las olas de indignación muestran una escasa identificación con la comunidad. De este modo, no constituyen ningún nosotros estable que muestre una estructura del cuidado conjunto de la sociedad. Tampoco la preocupación de los llamados " indignados" afecta a la sociedad en conjunto; en gran medida, es una preocupación por sí mismo. De ahí que se disperse de nuevo con rapidez.

  La actual multitud indignada es muy fugaz y dispersa. Le falta toda masa, toda  gravitación, que es  necesaria para acciones. No engendra ningún futuro.


BYUNG-CHUL HAN

EN EL ENJAMBRE


jueves, 28 de marzo de 2024

 

Cuando digo que pienso en todo lo que no he hecho,

¿ cuál es en realidad el contenido de esos pensamientos?


Fortuna. Hernán Díaz